SER PROFESORA DE TELESECUNDARIA.
Ser docente de telesecundaria es una experiencia de vida, no sólo es un empleo, es una forma de aprender a ser, aprender a aprender y aprender a convivir.
Durante los años que he servido como maestra de telesecundaria he conocido una multitud de personas, de alumnos, de padres, de compañeros maestros. Todos y cada uno de ellos nos deja una huella, una enseñanza a seguir para mejorar el camino.
Aprender de cómo ser maestro de un grupo, y luego de otro, y otro más, pues cada ciclo escolar es diferente, cada año que pasa es distinto y cada vivencia es enriquecedora.
Aprender a trabajar con el muchacho rebelde, pero brillante; o con el noble y humilde, pero que le cuesta trabajo aprender a pesar de sus esfuerzos.
Aprender a tratar al alumno sordo, al que es "de otra religión" como lo llaman los demás, al que no ve bien, al que tiene una discapacidad intelectual, o al que no habla el español como idioma materno.
Aprender a tratar al alumno que recibe maltrato en casa, al que ve como sus padres delinquen, al que te cuenta que sabe cómo usar un arma, al que ya no quiere asistir a la escuela.
Aprender a tratar con un padre triste, a un padre molesto, a una madre que sólo quiere que alguien la escuche o le consuele.
Aprender a tolerar y a tenernos paciencia entre maestros.
Aprender a compartir tu almuerzo con el alumno que no tiene para desayunar.
Aprender a trabajar con los recursos que tienes, y con sus limitantes y oportunidades.
Aprender a recibir un costal de elotes como el más grande galardón de agradecimiento, o la invitación al desayuno, antes de la misa de graduación, con tortillas hechas a mano en el comal y con un plato de frijoles para celebrar la clausura de un curso con la mayor de las alegrías.
Aprender, que no sólo es trabajar la clase de Historia, o de Matemáticas, o de Ciencias o de Formación cívica y ética, aprender que tus alumnos aprenden del ejemplo, de la forma de hablar, de una palabra, de un gesto, de un saludo en el camino por la mañana.
Aprender que formas parte de una escuela que evita que el muchacho o la niña anden en la calle, a merced de la vida y de sus semejantes.
Aprender a vivir la alegría de un partido de futbol, o de basquet, aprender a vivir la alegría de un viaje en autobús o de un día en las albercas.
Aprender a ser maestra de manualidades, de deportes, dirigir un experimento, un debate, un collage o una exposición de carteles.
Disfrutar el momento en que los ojos de un muchacho brillan cuando una sustancia cambia de color mostrando su naturaleza en la clase de química, o cuando una muchacha logra el desarrollo de una ecuación a partir de la fórmula general.
Disfrutar el logro de una niña que hace su biografía en 15 páginas y lo muestra a sus padres como el logro más importante de su vida.
Disfrutar de cómo un muchacho muestra a la escuela entera cómo funciona el cohete de botella de cocacola impulsado por aire comprimido, y éste vuela por los aires mientras arroja agua colorada para mayor efecto, y sus compañeros se sorprenden.
Ver la cara de un muchachito viendo por primera vez las alas de una mariposa o el grosor de la raíz de un cabello a través de un microscópio.
Ver cómo una niña, en extremo tímida, participa por primera vez en un bailable y te sonríe, mientras le observas desde lejos.
Ver a una muchachita con discapacidad intelectual recibir con orgullo su certificado de secundaria, mientras la gente que le ama llora de alegría, y a uno se le quiebra la voz mientras dirige con el micrófono el acto cívico-cultural.
Saber que una ex alumna sorda está por terminar de ingeniero agrónomo.
Saber que el niño que casi no hablaba en el salón ya casi sale de arquitectura.
Saber que el que no terminó la secundaria ya tiene su negocio de auto lavado, o de vendedor de nieves, y que es una persona de bien.
Saber que hiciste la diferencia en la vida de una persona, al estar ahí, al darle un momento de la vida propia para enseñarle, y ayudarle a aprender.
Se queda en el alma de uno todo esto.
Para mí, esto es ser maestra de telesecundaria.
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